miércoles, 26 de octubre de 2011

Inteligencia Emocional y Experiencia Escénica (III)


En nuestro país, como suele ser habitual en educación, los avances en Psicología Educativa y Social suelen llegar tarde y, por lo general, cuando llegan, si es que llegan, parece que comienzan a aplicarse porque los países más desarrollados en este ámbito lo están haciendo, pero no por convicción o por realizar una verdadera apuesta por la resolución de un problema que, aunque los gobiernos no quieran verlo, está en los hogares, en la calle, en el trabajo y en las aulas en mayor o menor medida. Y, al hilo de esta percepción, podemos afirmar que los programas SEL de Aprendizaje Emocional y Social aún no están en los currículos oficiales de las diferentes enseñanzas, aunque se haya querido dar un aire de modernidad con la inclusión del concepto de competencia en la última ley de educación (LOE). 
Y, aunque la Comisión Europea (2004) determina que ser competente supone “utilizar de forma combinada los conocimientos, destrezas, aptitudes y actitudes en el desarrollo personal, la inclusión y el empleo”, la realidad de la escuela es que en la aplicación de las nueve competencias básicas (comunicación lingüística, razonamiento matemático, mundo físico y natural, competencia digital y tratamiento de la información, competencia social y ciudadana, competencia cultural y artística, aprender a aprender, autonomía, iniciativa y espíritu crítico), a parte de los quebraderos de cabeza que está suponiendo a una gran parte del profesorado conciliar el desarrollo de todas esas competencias con los documentos curriculares y administrativos, sigue sin abordarse la educación interior de la persona -desarrollo del carácter, reconocimiento y gestión de las emociones y sentimientos, relación afectiva con los demás, potenciación de la sensibilidad artística, cultivo de la creatividad…-

Inteligencia Emocional y Experiencia Escénica (II)


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Antes de abordar la pregunta con la que concluye el capítulo anterior, y con la perspectiva de poder comprender algo más el impacto de la inteligencia emocional, o su ausencia, en nuestras vidas, considerando ésta, grosso modo, como la capacidad de saber gestionar nuestras propias emociones, demos un repaso al alarmante incremento de la violencia en la sociedad actual con la crónica de lo que cualquier medio de comunicación de cualquier país y de cualquier parte del mundo nos ofrece a diario:
  1. En una escuela local, un niño de nueve años, aquejado de un acceso de violencia porque unos compañeros de tercer curso le habían llamado “mocoso”, vertió pintura sobre pupitres, ordenadores e impresoras y destruyó un automóvil que se hallaba estacionado en el aparcamiento.
  2. Un joven es juzgado por provocar un incendio que terminó con la vida de cinco mujeres y niñas de origen turco mientras dormían.
  3. Según un informe, el 57% de los asesinatos de menores de 12 años son cometidos por padres o padrastros.
Pero lo más inquietante de la situación es que las nuevas generaciones están asimilando el “analfabetismo emocional” de manera alarmante. Una investigación llevada a cabo entre padres y profesores demuestra el aumento de la tendencia al aislamiento, la depresión, la ira, la falta de disciplina, la ansiedad, la impulsividad y la agresividad en la presente generación infantil, una irrupción incontrolada de los impulsos, en suma, un aumento de los problemas emocionales.
Este malestar emocional, ostensible a la más obtusa sensibilidad, es el que algunos gobiernos pretenden “curar” desde la raíz del problema con medidas como, por ejemplo, la incorporación a los sistemas educativos de competencias dirigidas a desarrollar y utilizar habilidades para controlar y utilizar conscientemente las emociones.
Es el caso de EE.UU., donde las expectativas de integración y desarrollo de los programas SEL (Social and Emotional Learning) son muy esperanzadoras, como ya apuntaba en el anterior capítulo. Y, aunque muchas de las bondades asociadas al desarrollo de la IE (Inteligencia Emocional) han ido a parar a los más privilegiados -ejecutivos empresariales de alto rango y alumnos de escuelas privadas-, también han sido muchos los niños de áreas deprimidas los que se han beneficiado de los programas SEL que se han puesto en marcha en sus escuelas. Aún así, y con la perspectiva del incremento exponencial de los programas SEL en miles de escuelas de EE.UU., se espera una rápida democratización de las ventajas que supone el desarrollo de las habilidades sociales y emocionales, de tal manera que también llegue de manera sistemática a los más desfavorecidos -familias pobres y centros penitenciarios-, para los que con un adecuado desarrollo de estas habilidades, sus vidas mejorarían, así como el nivel de seguridad de sus comunidades, como sugiere Daniel Goleman cuando afirma que:

Si el alcance de la IE (Inteligencia Emocional) llegase, 
en suma, a equiparse al del CI (Coeficiente Intelectual)
 y acabase integrándose en la sociedad como una medida 
de las cualidades humanas, nuestras familias, nuestras 
escuelas y nuestras comunidades serían más humanas
 y sanas.

En la actualidad, desgraciadamente, y en países en los que aún no se ha asimilado la urgencia en la resolución de este problema, se deja al azar la educación emocional de los niños con consecuencias más que desastrosas. Por ello es fundamental que, de una vez por todas, se empiece a hablar y a poner en marcha una verdadera educación integral que permita la conciliación entre la razón y la emoción, entre la mente y el corazón. Por tal motivo, la administración educativa deberá tomarse muy en serio una revisión a fondo del currículo, para que las habilidades tan esencialmente humanas como el autoconocimiento, el autocontrol, la empatía, el arte de escuchar, de resolver conflictos y de colaborar con los demás estén en el corazón de la educación.
JAC 
(Continuará) 
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martes, 25 de octubre de 2011

Inteligencia Emocional y Experiencia Escénica (I)


PLAN DEL ARTÍCULO: En sucesivos capítulos abordaré los aspectos más significativos de la inteligencia emocional, su adaptación a la educación, la acogida de los programas SEL (Social and Emotional Learning) en los centros educativos de EEUU, la incorporación de la IE (Inteligencia Emocional) en la última reforma educativa española (LOE), su incidencia en el campo escénico desde el punto de vista del intérprete instrumental o vocal y, como consecuencia, su imprescindible incorporación en los currícula de las enseñanzas musicales básicas, profesionales y superiores.

Qué es más importante para el profesor que, de una u otra forma, está relacionado con la interpretación vocal o instrumental: ¿enseñar a interpretar?, o ¿enseñar a hacerlo en el ámbito escénico? Creo que la elección inequívoca y sin excepción es la segunda opción: enseñar a interpretar en el escenario. Pero, ¿esta determinación en la respuesta es comparable al tratamiento que hacemos del espacio escénico en nuestra forma de entender el proceso de enseñanza y aprendizaje?, ¿es una prioridad real en nuestro magisterio?, ¿es un aspecto de nuestro ámbito educativo que tratamos con perspectiva temporal?, o ¿es un aprendizaje que presuponemos debe generarse en el estudiante de manera espontánea?...
A decir verdad, son pocos los profesores que consideran el “saber-estar-escénico” como un elemento extraordinariamente importante -no en el ámbito escénico, que sí que lo consideran- sino dentro del proceso de aprendizaje que comienza con la elección de la obra y culmina con su interpretación en el escenario.
Como alumnos que también hemos sido, y como profesores que somos, ¿no nos resulta familiar la expresión: “¡¡Y no te vayas a poner nervioso!!”, momentos previos a una audición o concierto? Sin embargo..., qué hacemos al respecto, qué pautas enseñamos a nuestros alumnos para que no haya necesidad de pronunciar la funesta y lapidaria frase antes de salir a tocar en público, cómo justificamos desde nuestra responsabilidad docente que todo el trabajo, empeño y sacrificio -que, tanto profesor como alumno, realizamos a lo largo de todo un curso académico- quede simplificado en el escenario a una burda caricatura, a un defectuoso y, a veces, irreconocible resultado musical que está muy alejado de las posibilidades musicales reales del estudiante, y cuya causa, en términos generales, no está referida a aspectos técnicos o musicales sino, más bien, a factores emocionales incontrolados que convierten lo que debía ser el momento más esperado, el culmen de un proceso, el mayor gozo de un músico, en una experiencia temida, en un tiempo de angustia y desazón.
...
En 1990 se publica un artículo firmado por los psicólogos John Mayer (University of New Hampshire) y Peter Salovey (Yale University ) en el que ambos autores esbozan la primera formulación de un concepto al que denominaron “inteligencia emocional”. Esta nueva expresión sintetizaba un amplio rango de descubrimientos científicos que unificaban distintas líneas de investigación y que, a parte de la revisión teórica, incluía un amplio espectro de interesantes avances científicos como los primeros resultados del incipiente campo de la neurociencia afectiva, rama de la neurología que se ocupa de investigar el modo en que el cerebro regula las emociones.
Cinco años más tarde, Daniel Goleman, psicólogo de prestigio internacional, escribe el libro “Inteligencia Emocional” en el que, partiendo de los estudios de Mayer y Salovey y apoyándose en la más moderna investigación sobre el cerebro y la conducta, explica por qué personas con un elevado coeficiente intelectual (CI) fracasan en sus empresas vitales, mientras otras con un CI más modesto triunfan clamorosamente. Goleman sostiene que el déficit de inteligencia emocional repercute en mil aspectos de la vida cotidiana, que el descuido de la inteligencia emocional puede arruinar muchas carreras y, en el caso de niños y adolescentes, conducir a la depresión, trastornos alimentarios y agresividad. Pero su aportación va más allá, pues basándose en la forma en que los niños aprenden a modelar sus circuitos cerebrales, enseña un programa pedagógico para el desarrollo integral del ser humano.
Lo cierto es que, las adaptaciones de este concepto al ámbito educativo realizadas por Goleman y sus colaboradores a través de programas sobre “aprendizaje social y emocional” han tenido una enorme acogida en los centros educativos de Estados Unidos. En el año 1995, sólo había unos pocos programas que se ocupaban de enseñar a los niños las habilidades de la inteligencia emocional pero, diez años más tarde, eran decenas de miles las escuelas diseminadas por todo el mundo que brindan a sus alumnos la posibilidad de seguir este tipo de programas. Son muchos los distritos escolares -e incluso varios estados-, que han incluido los programas SEL (Social and Emotional Learnig) como parte indispensable del currículo en la convicción de que, del mismo modo que los alumnos deben alcanzar cierto nivel de competencia en matemáticas y lenguaje, también deben lograr un cierto dominio de las habilidades sociales y emocionales tan esenciales para la vida. El ejemplo más espectacular es el del estado de Illinois, en el que se han establecido normas concretas para la enseñanza de las habilidades SEL desde el jardín de infancia hasta el último curso de enseñanza secundaria.
Pero, volviendo a nuestro ámbito territorial, ¿qué impacto esta teniendo esta revolución de la psicología educativa en nuestro sistema educativo?
JAC
(Continuará)